Expulsión de los Jesuitas

CARLOS IV. MUERTE EN EL EXILIO DEL QUE FUERA CONFESOR DE ISABEL DE FARNESIO. 1794

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Se comunica el fallecimiento en Forlí del jesuita Esteban Bramieri, quien fuera confesor de Isabel de Farnesio desde 1762 hasta su muerte en julio de 1766. Tras la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767 solicitó desde Córcega licencia para pasar a Lombardía, pero el Consejo Extraordinario se lo denegó al considerarlo sospechoso de haber conspirado en el motín de 1766 y ser conocedor de secretos de Estado por su relación con la Reina Madre, si bien el Consejo Extraordinario de 18 de julio de 1769 acordó pagarle un sueldo de 3.750 reales trimestrales por su condición de antiguo confesor. En Italia residió en Forlí, en la legación de Rávena.

(España. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte A. M. AA. EE. Santa Sede legajo 590)

          Muy Sr. mío: habiendo fallecido en Forlí el día cinco del corriente el ex jesuita don Esteban Bramieri, confesor que fue de S. M. la Reina Madre, ha recurrido a mí su testamentario el conde don Melchor Gaddi, solicitando el pago de lo que dejó devengado por su sueldo de tal confesor; y constándome ser su testamentario, he dispuesto se le entreguen 129 escudos y 68 bayocos, equivalentes a 2.712 reales y 11 mrs. de vn. que le corresponden desde el 1º de abril hasta dicho día 5 de junio inclusive en que falleció, al respecto de 15.000 reales vn. annuos, y adjunto remito a Vm. su recibo por la citada cantidad, que se servirá acreditar a la Caja de esta Comisión en la cuenta de Temporalidades.

Con esta fecha doy parte al Exmo. Sr. Conde de la Cañada, Gobernador del Consejo, dándole parte de tal fallecimiento, y le remito igual recibo.

Repítome atentamente a la obediencia de Vm., cuya vida guarde Dios muchos años.

          Bolonia, 18 de junio de 1794.

          José Capelleti a Nicolás Bermúdez de Sotomayor.

*Selección y transcripción de Enrique Giménez López, 2017, bajo licencia Creative Commons “Reconocimiento – No comercial”. El autor permite copiar, reproducir, distribuir, comunicar públicamente la obra, y generar obras derivadas siempre y cuando se cite y reconozca al autor original. No se permite utilizar la obra con fines comerciales.

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CARLOS IV. DOBLE PENSIÓN AL JESUITAS QUITEÑO RAMÓN VIESCAS, EXILIADO EN RÁVENA. 1793

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El jesuita quiteño Ramón Viescas, sacerdote de cuarto voto en el Seminario de San Luis de Quito en el momento de la expulsión, y residente en Rávena durante su exilio en Italia, fue agraciado con una segunda pensión en 1793 “en consideración a las tareas literarias”, en especial sus publicaciones de Teología Moral. Viescas falleció en Rávena el 7 de marzo de 1799.

(España. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte A. M. AA. EE. Santa Sede legajo 589)

            Muy Sr. mío. El Exmo. Sr. Conde de la Cañada me ha comunicado la Real Orden siguiente:

            “En consideración a las tareas literarias de D. Raimundo Viescas, ex jesuitas residente en Rávena, ha venido S. M. en concederle pensión doble según de su Real Orden me lo ha participado el Exmo, Sr. D. Pedro de Acuña en 12 de diciembre próximo pasado. Y a fin de que logre el interesado de esta gracia se servirá V. S. dar las órdenes correspondientes avisándoselo al interesado. Dios guarde a V. S. muchos años. Madrid, 19 de enero de 1793 = El Conde de Cañada = Sr. D. José Capelletti”.

            Y en su cumplimiento he dispuesto se pague al interesado su haber desde dicho 12 de diciembre hasta todo marzo próximo, y adjunto remito a vm. su recibo importante 21 escudos y 85 bayocos correspondientes a 456 reales y 33 maravedíes de vellón que se servirá vm. acreditar a la Caja de esta Comisión en la cuenta correspondiente de Temporalidades, quedando yo con el cuidado de asistir a este interesado con la doble pensión, como lo ordena S. M.

            Quedo con todo a las órdenes y disposiciones de vm., cuya vida pido a Dios lo garde muchos años.

            Bolonia, 16 de febrero de 1793.

            José Capelletti a Nicolás Bermúdez de Sotomayor.

*Selección y transcripción de Enrique Giménez López, 2017, bajo licencia Creative Commons “Reconocimiento – No comercial”. El autor permite copiar, reproducir, distribuir, comunicar públicamente la obra, y generar obras derivadas siempre y cuando se cite y reconozca al autor original. No se permite utilizar la obra con fines comerciales.

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CARLOS III. SOLICITUD A RODA DEL SECRETARIO DEL QUE FUERA GOBERNADOR DE FILIPINAS CUANDO LA EXPULSIÓN DE LOS JESUITAS. 1775

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Juan Antonio de Cossío, secretario de José Raón, Gobernador de Filipinas entre 1765 y 1770, fue acusado junto a éste y los oidores de la Audiencia de Manila Basaraz y Rodríguez de Villacorta, de informar previamente a los jesuitas para que ocultasen capitales y quemaran papeles. En 1772 Cossío era el único que sobrevivía, después de sufrir prisión en Filipinas y en España. Días antes de este escrito a Roda, el Consejo desestimó las acusaciones en contra de los acusados por el nuevo Gobernador Simón de Anda a fines de 1770.

(España. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte A. G. S. Gracia y Justicia legajo 691)

            Exmo. Señor.

            Señor.

            Cuando supe que la Consulta comprehensiva de mi asunto, que el Supremo Consejo en el Extraordinario h dirigido al Rey, estaba en poder de V. E., no pude proporcionarme el honor  de ponerme a su disposición; porque se hallaba ya de marcha para ese Sitio; y no puedo pasar a éste, porque, como creo sepa V. E., persisto en calidad de arrestado. Estos motivos me obligan a tomar el presente medio; por el cual suplico a V. E. con el mayor respeto se sirva facilitar el posible, más breve y favorable despacho de la enunciada Consulta; estimulando a este fin el piadoso muy justificado ánimo de V. E. con las siguientes consideraciones.

            A tiempo que me hallaba muy satisfecho de haber servido a S. M. en las Islas Filipinas por espacio de quince años, desempeñando diversos distinguidos empleos a satisfacción de todos mis jefes, y ostentando las circunstancias de honor, aplicación, desinterés, e inteligencia, otro tanto como comprueban muy particulares circunstancias, que en otra oportunidad elevaré a la Suprema Inteligencia del Rey, hallándome, repito, con esta satisfacción fui sorprendido con los primeros efectos de la horrible persecución, que aún sufro. Fui reducido en un Castillo a la muy terrible y penosa prisión de un estrecho calabozo; en que con el mayor rigor de incomunicación permanecí por espacio de 37 meses, sufriendo las horrorosas penalidades y trabajos que se pueden considerar. Fueron al mismo tiempo embargados (y persisten del propio modo) todos los bienes de mi suegro, de mi esposa, y míos; sin reservar (ni franquearme después por más que lo solicité) parte alguna de ellos para la subsistencia de mi numerosa distinguida familia, y mía, y por consecuencia fuimos todos reducidos a la mayor miseria, y obligados a facilitar nuestro alimento a expensas de ajena piedad; llegando por fin mi esposa de resultas de esto, y en efecto de las penas que le ocasionó esta tragedia, a rendir la vida al rigor de ella. Se me ha remitido a España en partida  de registro después de tan dilatada y penosa prisión, obligándome a facilitar mi pasaje; para lo que me fue preciso pagar más de mil pesos fuertes sin que a este fin, al de los demás gastos que se me ofrecieron, ni al muy ejecutivo de dejar algunas asistencias al resto de mi familia, se me franquease (por más que lo solicité) cosa alguna de mis bienes embargados. He sido obligado a mantenerse en esta Corte cerca de un año, que hace llegué a ella, sufriendo los precisos considerables dispendios necesarios para mi subsistencia, y para facilitar el curso de la multitud de papeles, que se dice causa contra mi Jefe y contra mí. Y últimamente al cabo de cerca de cinco años que hace padezco esta horrorosa persecución, cuando, cuando espero de la Soberana justificación del Rey, de la integridad de su Supremo Consejo, y de la muy acreditada piadosa protección de V. E., consiga verme evadido del concepto de reo, con que se ha pretendido oscurecer el resplandor de mi conducta cuando llegue, repito, este caso, que exige mi total indemnidad, seré precisado por el impulso de gravísimas obligaciones que agitan mucho mi cuidado, a practicar mi retorno a dichas Islas, sufriendo los nuevos indispensables gastos que deberá ocasionarme un tan dilatado y costoso viaje que no puedo excusar; porque al fin de que lo emprenda llaman mi atención con vehemencia los estímulos de tres hijos muy pequeños que allí dejé; el restablecimiento de mi honor y estimación, tan ultrajados allí; y procurar satisfacer de algún modo a los diversos sujetos que me han hecho el favor de suplirme las muy considerables cantidades en que me he visto precisado a empeñarme, y que jamás podré satisfacer de otro modo que consiguiendo, como espero, que la Soberana muy Justificada Piedad del Rey, se digne fomentar mis deseos; con la consideración de que soy un humilde vasallo suyo, que por haberme esmerado en su Real servicio, declarándome muy amante partidario de la Justicia, he conciliado contra mí el furor de muy poderosos sujetos, que han conspirado al fin de mi ruina; y he padecido cuantos sacrificios puedo sufrir en este Mundo; a excepción de una muy penosa vida, que deseo sacrificar en servicio de S. M., y que la Divina me conserva acaso con el fin de que en mi alivio y reparo, resplandezcan las benignas liberalidades de Nuestro Augusto Soberano, en que con razón afianzo toda la esperanza de mi remedio; remitiendo en cuanto está de mi parta todas las ofensas, agravios, y perjuicio que he padecido en esta tragedia; de tal modo que pido al Rey por medio de V. E. se digne perdonar enteramente al sujeto o sujetos que resulten injustos agresores de mi ruina.

            Espero, Señor Exmo., que estos estímulos, propios para mover el generoso ánimo de V. E. lo resolverán al efecto de condescender con la súplica, que al principio le hice; y con la que en esta coyuntura añado de que en consideración a lo referido se sirva V. E. inclinar la Piedad del Rey a mi favor de tal modo, que su Soberana resolución en la Providencia de la enunciada Consulta, llene mis humildes deseos, y proporcione el reparo de mi actual desgraciada suerte.

            Quedo para servir a V. E. con el más rendido respeto; y pido a Dios guarde su muy importante preciosa vida muchos años.

            Madrid, 27 de julio de 1775.

            Juan Antonio de Cossío a Manuel de Roda y Arrieta.

*Selección y transcripción de Enrique Giménez López, 2017, bajo licencia Creative Commons “Reconocimiento – No comercial”. El autor permite copiar, reproducir, distribuir, comunicar públicamente la obra, y generar obras derivadas siempre y cuando se cite y reconozca al autor original. No se permite utilizar la obra con fines comerciales.

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CARLOS III. PROYECTO DE REFORMA DEL CLERO REGULAR. 1772.

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Ante las dilaciones del Papa Clemente XIV para cumplir su promesa de extinguir a los jesuitas, el monarca español decidió que se presionara al pontífice fue la de presentar en España y Nápoles un proyecto para reducir el número de frailes y monjas y fijar una edad para su ingreso en las ordenes regulares, que los fiscales del Consejo habían elaborado, y que fue remitido al embajador español en Roma para que hiciese el uso que considerase conveniente.

(España. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte A. M. AA. EE. Santa Sede legajo 222)

            Los fiscales han visto el expediente formado en razón de fijar la edad a los que deseen entrar  y profesor en religión, con lo demás que contiene, y ha pedido el Procurador general del Reino en 6 de diciembre de 1769; y también han visto lo que en Consulta del viernes 22 de diciembre del mismo año hizo presente el Consejo pleno, con lo demás resultante, y dicen: que este negocio contiene diferentes puntos que todos merecen la mayor atención del Consejo, y una meditación seria, y estudio de parte de los fiscales para proponer lo que sea conveniente al Estado y mayor decoro de las Ordenes Religiosas.

            El asunto en todos sus puntos, y otras conexas, necesita discernimiento para irle poniendo en claro y acomodarse a los principios que se hallan establecidos y en práctica en la mayor parte de los Países Católicos. Si no se guarda este orden, y la mayor moderación en el modo, peligran de ordinario reformas de esta naturaleza. Los Fiscales han procurado observar estas reglas, y creen ser conveniente irlas continuando para que se logren los justos fines que desea el celo del Consejo.

            De los varios puntos que se tocaron en la respuesta de 24 de septiembre de 1769, el que pertenece a no admitir Religiosos extranjeros a profesar ni morar en los Conventos del Reino, es conforme a las Leyes que prohíben que obtengan oficios ni Beneficios Eclesiásticos los extranjeros en él, y a la buena economía de no gravarse con la manutención de Regulares extraños.

            Es lo referido conforme a la buena política; porque siendo tantos los Regulares nacionales, cuyo número obliga a tratar de reducirle con arreglo a lo dispuesto en el Cap. 3 Ses. 25 de Regularibus, con superioridad de razón debe empezar la reforma por impedir que los extranjeros profesen en los Conventos del Reino ni moren en ellos.

            Llegan a esta no menos eficaz razón, y consiste en que si los tales sujetos que vienen a tomar el hábito o morar en los Conventos del Reino, fueren de laudables costumbres, verosímilmente encontrarían benévolo receptor, y por el mero hecho de acudir a país extraño, se hace sospechosa su conducta, y es de recelar sean menos útiles establecidos en España; y en fin, no habiendo escasez de individuos que ne el Reino se dediquen a la profesión Religiosa, dicta la prudencia no se admitan los extranjeros.

            Solo deben ser aceptados los que vengan de Países donde no es libre el uso de la Religión Católica; traigan sus testimoniales en debida forma de sus Obispos; bien que éstos solo deben y pueden permanecer durante su noviciado, profesión y curso de estudios, no permitiéndoseles por más tiempo; puesto que pasado éste serán más útiles en su País para conservar, e instruir a los fieles en los principios de la Religión Católica; al modo que se hace con los alumnos de Seminario de las Naciones Septentrionales, con que se educan clérigos seculares con el mismo destino de las Misiones.

            Con los Religiosos extranjeros actualmente residentes de Capellanes de Regimientos, en la Marina, en Hospitales, Nuevas Poblaciones, y otras partes del Reino, en que son necesarios por el conocimiento de diferentes idiomas, y no es fácil suplirles actualmente con Sacerdotes seculares o Regnícolas, podría ser muy perjudicial hacer novedad; pero siempre es conveniente tener razón y noticia de todos los Regulares extranjeros de estas clases para la debida instrucción del Consejo, y que los Superiores respectivos la diesen igualmente de los que en adelante fueren entrando en su Orden.

            De esta forma las cosas se irían allanando sin rumos, y con aquel pulso que piden las providencias generalmente, especialmente cuando tratan de reformación de abusos; en cuyo sostenimiento hay siempre un gran número de interesados, y conviene prevenir sus quejas por virtud de la reflexión con que se acuerde la práctica observancia de lo que se mande; cuidando sean más benignas las providencias respectivas a los Regulares actuales que para lo venidero, en que no militan iguales circunstancias.

            Las mismas e idénticas razones impelen a no permitir en los Conventos del Reino a los españoles que en fraude de la prohibición de dar hábitos en él, o por cualquiera otro motivo lo hayan tomado en los Países extranjeros, no mediando particulares circunstancias con noticia y examen del Consejo.

            En el expediente acumulado del año de 1764 se trata de este asunto con motivo de la introducción de tres Regulares de la Compañía franceses que en aquel Reino no habían querido prestar juramento de fidelidad; y aunque se mandó pasar al Procurador general del Reino a instancias de los fiscales a fin de que expusiese lo conveniente, no lo ha ejecutado todavía, sin duda por encontrar pendiente un acuerdo del Consejo para hacer cierta Consulta, que aunque se hizo efectivamente, no bajó resuelta; de que convendrá certifique el oficio para la debida formalidad del expediente, aunque ya en punto principal vino a quedar resuelto con la Real Pragmática  de 2 de abril de 1767.

            Y conviniendo que en lo demás se evacue este punto, podrá el Consejo mandar se le pase al Extraordinario con la referida Certificación del Procurador general del Reino a este efecto para que proponga las providencias que hallare por más convenientes a la utilidad y causa pública del Reino en esta parte, remitièndoselo separadamente todo lo que tenga conexión para evitar confusión, y que cada cosa camine con la distinción y claridad oportuna.

            Por lo que mira a la prohibición de dar hábitos, tiene este punto conexión entera con los varios expedientes de reducción de número de Religiosos, que se han ido formando en el Consejo, y están resueltos o pendientes.

            Los dos Fiscales expusieron en la citada representación de 24 de septiembre de 1769 haber expedientes particulares respecto a varias Ordenes, de los cuales, según el estado que entonces tenían, a su instancia calificó la Escribanía de Cámara de Gobierno en 1º de diciembre de 1769.

            También pidieron, y lo acordó el Consejo, se pasase este asunto al Procurador general del Reino, el cual conformándose con el concepto indicado por los Fiscales en la citada respuesta, estima ser conveniente que dicha reducción se vaya haciendo por expedientes particulares de cada orden o instancia, porque de esta suerte se evitan muchos inconvenientes, y por otro lado nunca puede hacerse por regla general esta reducción a causa de las diversas circunstancias que militan en cada Orden, y estar el principal abuso y exceso del número en las Mendicantes y en la duplicidad de Conventos en un mismo Pueblo.

            Desde el tiempo en que certificó la Escribanía de Cámara de Gobierno del Consejo, se ha formalizado por él a consulta con S. M. la reducción del número de los Agustinos Recoletos y la de los Carmelitas Calzados, de cuyas reducciones convendrá se ponga en este expediente general un ejemplar impreso para que conste en él, a imitación de la ejecutada con los Trinitarios Calzados de Andalucía, que se haya ya colocada en este Proceso.

            Estos repetidos actos de la Real protección en ejecución del Cap. 3 Ses. 25 de Regularibus, van estableciendo una regla sólida para hacer la reducción de Religiosos, de acuerdo con los Superiores Regulares de las Ordenes, sin que ellas ni la Corte Romana puedan fundar aparente motivo de queja, porque el Rey una en todo esto de su autoridad protectiva; y en otras, como las de la Merced, Trinidad y San Antonio Abad, tiene además el incuestionable derecho de Patronato, que es otro fundamento más a favor de la Real autoridad; y eso mismo hace demostrable la variedad de circunstancias que versan en cada Orden o Instituto, porque la generalidad daría ocasión a perjuicios del público o de las mismas Ordenes. Hay algunas destinadas primariamente a cuestuar para cautivos por ejemplo, donde pueden tolerarse comunidades muy cortas, y en otras Ordenes tales Conventos serían gravísimamente perjudiciales.

            En efecto, el General de la Merced ha arreglado últimamente su plan de reducción a casi una mitad de Religiosos, siguiendo la mente del Consejo, y reglas generales en todo aquello que es compatible con su Instituto. El objeto primario de esta Orden, como queda expuesto, consiste en cuestuar para la redención de cautivos; de modo que solo resta que el Consejo proceda a la vista de este negocio, consultando a S. M. en la forma que se ha ejecutado con los demás de igual naturaleza hasta ahora, con aquellas particularidades que estiman el Consejo, teniendo presente lo resultante, y expuesto por el Fiscal.

            Otros expedientes deben también verse  por el Consejo con la posible brevedad para mandar evacuar las diligencias, o reparos que se hallen propuestos por el Fiscal, especialmente en razón de puntualizar los valores de las rentas; entrada de limosnas; y cargas, porque en esto ha advertido el Fiscal más antiguo por quien han corrido los más de estos negocios, bastante oscuridad en las noticias dadas por algunos de los Superiores Regulares, y en otros son vagas y genéricas sin poder formar un concepto cabal del ingreso de rentas y limosnas de cada Convento, número de sus Religiosos Sacerdotes o legos de que actualmente se compone, y el que pueden mantener según el líquido de las rentas, considerando doscientos ducados para cada Religioso, y lo que debe considerarse por administración, reparos de fincas, y gastos de Iglesia y Sacristía.

            En el expediente sobre la urgente reducción de los Monjes Basilios, consta al Consejo la maliciosa ocultación de cargas e individuos con que se procedió en el modo de pedir las noticias para deslumbrar al Consejo en un punto tan esencial, y del que dependía el acierto enteramente.

            Estos expedientes piden se les de curso con preferencia, señalando el Consejo para ello algún día en la semana al modo que se hace con los negocios de Universidades, y con los recursos de fuerza en las dos Salas de Gobierno, formando el oficio listas del estado actual de cada expediente, y de los actuados posteriormente, para que de esta suerte se proceda en ellos con la actividad que pide su importancia, el bien del Estado, y el debido lustre de las Ordenes Religiosas, con atención a lo que expuso el Secretario Pedro de Navarrete en su dictamen 42 de la Conservación de Monarquías contra la muchedumbre de Regulares y de Conventos que ya se observaba en su tiempo, esto es en el año de 1626 y principios del Reinado de Felipe 4º:

            “Débese ponderar (así se explica Navarrete) que con la multiplicación de tantas Religiones y tantos Conventos es forzoso que a los trabajos de los Labradores se les recrezca la carga de tantas demandas como cercan sus pobres parvas, dando muchas veces, más por pundonor que por devoción, lo que dentro de pocos días han de mendigar para el sustento de sus familias. Y si en estas demandas, y la continua asistencia de algunos Religiosos en las Aldeas hay inconvenientes, o no, júzguenlo las mismas Religiones, que mi pluma no toca en estado tan superior. Solo digo con Adamo Concent que la necesidad de algunas Religiones, y el salir a buscar el sustento, ha resfriado en algunos sujetos el fervor con que vivieran si no hubiesen salido de los Claustros de sus Conventos”.

            “Y pues en España no se pueden fundar nuevas Religiones, ni fabricar nuevos Conventos sin licencia de S. M., pasada por su Real Consejo, convendría que cuando se piden se mirase con suma atención la posibilidad de los lugares, la necesidad que tienen de doctrina, para que no se gravasen los Pueblos, ni se fundasen Conventos que hubiesen de padecer necesidad; verificándose en algunos Patronos lo que dijo el Emperador Justiniano, que fundan Iglesias y Conventos por solo poner en ellos sus nombres, sin atender más que a sola su fábrica, dejándolos expuestos a que la misma necesidad los acabe y deshaga; daño que cada día lo vemos con muchos Conventos, comenzados a fabricar sin suficiente caudal de los Patronos; y no me alargo más en este discurso por ser materia en que han escrito tanto y tan doctamente los Revmos. Obispos de Osma y Orense Fray Francisco de Sosa, y el P. Bricianos, y otros muchos Religiosos graves”.

            Puede añadirse a dichas reflexiones lo que escribió por el mismo tiempo el Rdo. Obispo de Badajoz Fr. Ángel Manrique, antes Religioso Cisterciense y Catedrático de Filosofía Moral en Salamanca en el discurso intitulado Socorro que las Iglesias de Castilla y León pueden hacer a la Corona; en cuyo Tratado se tocan los particulares de reducción de número y límites en las adquisiciones con mucho fundamento y propiedad.

            La reducción, pues, del número conforme a lo que dictan las Constituciones de las Ordenes, las disposiciones del Tridentino, y lo que han escrito nuestros mejores políticos, y con especialidad Religiosos tan graves y condecorados con las ínfulas Episcopales, es sin duda el punto más importante al Estado, y es el que sólidamente se halla apoyado en la citada disposición Conciliar.

            No conduce menos a su logro la conformidad y patriótica disposición de los Superiores actuales de las Ordenes, que por la mayor parte van procediendo con deseos de que se efectúe esta reducción, teniendo interés ellos mismos en que se logre y efectúe prontamente para poder habilitarse en la dación de hábitos que les está suspendida a todas aquellas Ordenes, de cuya reducción hay expedientes formados o pendientes en el Consejo.

            Como se procede por el Consejo y los Fiscales en todos estos negocios con tanta distinción y separación de casos, y en uso de la protección Conciliar, no han podido fundarse quejas justas por dichos Superiores hasta ahora, caminando de acuerdo con el Consejo, y remitiendo las noticias de Conventos, individuos, rentas, limosnas y gastos, que a instancia fiscal se han propuesto, y proponen en cada expediente para su plena y debida instrucción, o claridad que se echase de menos, o falta para el acierto.

            Es cosa sentada que en toda esta clase de expedientes se impide por vía de providencia vestir hábitos por ahora, y sola hay la desigualdad de que algunas Ordenes mendicantes, de las cuales no se ha formado todavía proceso de reducción, acaso se aprovecharán de la oportunidad para continuar admitiendo más de los necesarios individuos; sobre lo cual corresponde se mande pasar el expediente al Procurador general del Reino para que, puesta nueva certificación de los procesos pendientes, proponga en los demás que convenga reducir cuanto estime oportuno a la utilidad pública.

            Todo lo que pueda interrumpir el progreso de estos expedientes de reducción, y distraer de ellos a los Regulares, o dilatar la justa fijación del número; la cesación de dar hábitos entre tanto que se verifica por sí misma dicha reducción; y aun la supresión de las Comunidades indotadas, es de sumo perjuicio, y aun irreparable, si no se procede con madura deliberación.

            Por estas reflexiones los Fiscales han creído ser previo, y aun preferente el despacho de los negocios de reducción y fijación de número; así lo han manifestado al Consejo en las muchas ocasiones que se ha hablado de esto; y así lo estiman los Fiscales deseos de que no se corte el hilo de un método, que hasta ahora ha producido y promete buenos efectos, en el caso de continuar sin intermisión el Plan general de reducción con la posible actividad.

            Esto es lo que las Cortes del Reino han propuesto y pedido de tres siglos a esta parte, y lo que el Santo Concilio de Trento dispone, correspondiendo a la Real protección que se haga cumplir así; estando encargado al Consejo por las Leyes de cuidar en el Real nombre de la plena ejecución de sus Santas disposiciones, y aun los Padres del Concilio imploran la Real protección para que tuviesen debido efecto auxiliadas del brazo y patrocinio Real.

            Esta materia es clara, urgente, útil y efectiva; está en práctica el uso de la Real protección, y reconocida de los Superiores Regulares que han concluido o formalizado sus planes, dando ejemplo a los demás, y nadie la ha podido resistir.

            Esta reducción podrá seguramente las Ordenes Religiosas en el más florido estado; tendrán los Superiores sujetos hábiles en quienes escoger minorando el número, o extinguidos los Conventos donde falte el necesario para la debida observancia con conocimiento de dichos Superiores; la causa pública no se privará de los muchos brazos que ahora se echan menos, y tal vez no suelen ser útiles en parte dentro del Claustro.

            Otro punto consideran los Fiscales por digno de no menor atención del Consejo, utilísimo al Estado Eclesiástico regular y a la pública utilidad del Reino; y consiste en que todas las Ordenes Mendicantes tengan en adelante dentro de los Dominios de España su Prelado general, y que este sea español, y sin dependencia de otro Superior extranjero de su misma profesión.

            Los Regulares Monacales de San Benito y San Bernardo, los Premostratenses, los de San Antonio Abad, y entre los Mendicantes los Mercenarios y los Carmelitas descalzos están sobre este píe; los primeros bajo el nombre de Congregaciones, y a poco que se examine la causa de su buena Constitución se hallará en lo Historial, y documentos más auténticos que esta erección de Congregaciones nacionales, y separadas, fue uno de los medios más eficaces de su reforma, y que ha producido los saludables efectos de ser estos Monacales digno ejemplo de la observancia Religiosa, y seminario de hombres excelentes en virtud y letras.

            Se individualizarán algunos de estos buenos efectos, que son casi necesarios, y aun consecuencias precisas de semejante establecimiento, y método de gobierno por Congregaciones nacionales y separadas.

            Un Prelado general español tiene, como vasallo, amor y obediencia a su Soberano; sus inclinaciones son naturalmente a favor de su Patria, y por el bien de sus súbditos connaturales y del Estado; una leve insinuación del Gobierno, y mucho más de S. M. será de mayor impulso que actualmente (siendo extranjeros y residiendo fuera de los Dominios de España) las providencias más serias, y extensivas a todos sus súbditos, aun cuando la resistencia dimanan únicamente de su Cabeza, será mucho más fácil la reducción del número, mejor observada la que se vaya haciendo, y lo mismo sucederá con otras providencias semejantes, según pareciesen más convenientes al bien de las Ordenes Regulares y del Estado, cuyos intereses deben unirse y hacerse compatibles para que sean permanentes.

            Si el General español, por desgracia, en cualquier caso resistiese injustamente las enunciadas providencias, hallará prontamente su corrección en los recursos protectivos autorizados en nuestras Leyes y estilo de los Tribunales Superiores, hasta extrañarlo; y con esta sola providencia en uso de la Real protección a la disciplina, ve perdido su empleo y felicidad temporal, o esperanza de otro premio. Esta sola demostración que bastaría a contener cualquiera justo resentimiento de un Superior Regnícola, es del todo ineficaz con un extranjero residente fuera.

            Los súbditos religiosos tendrían pronto el recurso y consuelo en sus necesidades internas; sus causas, que a veces son indispensables, se verían fenecidas brevemente sin salir del Reino; no habría motivo para que vagasen ni obtuvieran rescriptos particulares los Religiosos en menoscabo de la observancia literal de sus reglas. Los recursos de fuerza, u otros protectivos, remediarían fácilmente el más remoto agravio del General. Los otros extraordinarios que ocurriesen en cualquiera Convento, la falta de observancia monástica en uno y otro, y varios lances a que está sujeta la miseria humana, podrían ser cortados y remediados sin estrépito ni escándalo solo con presentarse personalmente el mismo General, o tomar la pronta providencia que más conviniese en el caso ocurrente pondría con tiempo el debido remedio, y le sería muy fácil por la corta distancia.

            El método de Capítulos que hoy observan por lo común las Ordenes Religiosas, es otro punto subalterno que no puede perderse de vista porque interesa y conduce mucho a su reforma y extinción de parcialidades y ambiciones.

            No es necesario parar demasiado la reflexión en los graves daños que causa un Capítulo general celebrado fuera de España, por ejemplo en Roma; cuántos meses están antes los vocales proporcionando su viaje, haciendo prevenciones de caudales para expender en él y en su residencia (cuando no sea en otros fines odiosísimos) todo muy distante y opuesto al voto de pobreza, a su Instituto, y a la buena política de los Reinos acerca de que no se extingan de España los caudales a otros Dominios donde andan tales Religiones y sus compañeros y asociados vagando y distrayéndose de su retiro por meses o años, dejando abandonado el cuidado de sus particulares súbditos u otras obligaciones sin recurso en las muchas opresiones que pueden padecer por los Prelados sustitutos, quienes ordinariamente no son experimentados en el empleo, se llenan de una autoridad que no les corresponde, y se aprovechan de estos intermedios, ya para vengarse de otros, y ya para utilizarse con otros.

            Los Capítulos Provinciales respectivamente están en el mismo caso; de ellos nace en parte la decadencia de disciplina Monástica, las continuas inquietudes, odios y oposiciones que trascienden hasta los más inferiores destinos en la Orden; forman las parcialidades más odiosas; y traen agitado el entendimiento y voluntad de los Religiosos en una incesante rueda de inestabilidad; porque el partido que perdió el Capítulo Provincial, no cesa de maquinar por cuantos medios puede discurrir, el modo de ganar el Capítulo siguiente; y como su retito claustral los proporciona más tiempo, y la falta de extraña ocupación los deja libres para sutilizar, formar unos proyectos de que ellos solos son capaces.

            Por el contrario, el Partido que venció en el Capítulo piensa seriamente en abatir a los del bando opuesto huyendo en lo posible de comunicar empleos a los de éste, aunque sean muy dignos de ellos, porque su voto no les sea contrario en el Capítulo siguiente, si bien eligen aquellos sujetos de quienes tienen mayor satisfacción en esta parte, aunque sean menos a propósito para la dirección monástica, ni tengan la graduación correspondiente según constituciones, sin detenerse en el agravio y desdoro que causan a los que por su carretera y mérito, juntan las demás circunstancias religiosas, son acreedores como de justicia a las Prelaturas, y lo exige así el bien común de la misma Orden.

            Todo el objeto por lo regular de estos Partidos se dirige a que el total gobierno recaigan el uno, compuesta de parientes, discípulos o hijos de hábito entre quienes se causa una estrecha intimidad que prepondera no pocas veces a todos los Santos fines del Instituto, y alguna vez ocasiona tal emulación de unos a otros, que debiendo mirarse como hermanos, viven sumergidos en odios irreconciliables, y excitan unas venganzas que llegan a ser causa de escandalizar a los seculares.

            El mayor daño de las Comunidades Religiosas nace indubitablemente del abuso y parcialidad de estos Capítulos, y debe ser a su tiempo uno de los objetos más importantes de su reforma.

            Sin embargo del copioso número de Religiosos que concurren a ellos, el muy corto el tiempo que se emplea en providencias del gobierno de la Orden, pues a excepción del General y Difinitor o el Provincial, y los suyos respectivamente, todos los demás concluyen su oficio en pocos minutos, esto es, en cuanto dan su voto para General, o Provincia o Difinitorio, desde cuyo instante pueden retirarse a sus Conventos; y para este acto solo han gastado muchos meses, si no es donde el anterior Capitulo, en las maquinaciones y dispendios que quedan apuntados por mayor; haciendo unos esfuerzos extraordinarios por todos medios para lograr voto en Capítulo, o a lo menos para temer gratos y favorables a alguno de los vocales, pudiéndose ocurrir a muchos de estos inconvenientes mediante la Real protección y disposiciones que de acuerdo con los Superiores Regnícolas, y aun de los Diocesanos pudieran irse proporcionando, reunida cada Orden en un régimen puramente nacional y patriótico.

            El Rey es árbitro de impedir que sus vasallos salgan fuera de España, o tengan Superiores extraños, y a veces opuestos a nuestros intereses públicos. En promover esto el Consejo obra conforme al espíritu de nuestras Leyes, y constitución fundamental de la Monarquía.

            Estas reflexiones las apuntas los Fiscales como ejemplo, y no precisamente como medio más oportuno; pues aunque por ellas se ocurra a muchos males de los que dejan insinuados, tal vez examinado este negocio por el Consejo con la madurez que acostumbra, y meditación que pide su gravedad, se encontrarían otros, y seguramente en los Regulares del Patronato Real, o acaso reglas más seguras, compatibles con las elecciones canónicas, para conseguir una perfecta reforma del Estado Eclesiástico Regular, pactada expresamente por la Santa Sede por el Concordato que se celebró  con esta Corte el 10 de septiembre de 1753, y aun propuesto para ello el artículo 11 del Concordato celebrado entre las mismas Cortes en 26 de septiembre de 1737 ofreciendo Su Santidad deputar a los Muy Reverendos Metropolitanos con las facultades necesarias para cortar los abusos y desórdenes que ya se tocaban en las Ordenes Regulares.

            En punto de la edad sobre que el Consejo expuso a S. M. en Consulta del viernes 22 de diciembre de 1769 la necesidad de tomar providencia bajo del Real beneplácito, ya se tocó en otra Consulta del año de 1619 en tiempo del Sr. Felipe 3º y también en el del Sr. Carlos 2º, según consta del Auto 4 tit. 1 lib. 4 Cap.26 de la Novísima Recopilación, expresando el Consejo no ser opuesta al Concilio la fijación de la mayor edad para la admisión en el Noviciado y respectiva profesión.

            Los Fiscales no pueden dejar de alabar el celo del Consejo, por lo que le ven en todo dirigido a promover el beneficio público, el servicio de S. M., y el esplendor de las Ordenes Religiosas.

            Se han detenido de intento desde el año 1769 en estimular este tercer punto, con el objeto de evacuar el anterior de la reducción del número, y supresión de Conventos indotados, como el más esencial, y que en nada perjudica al otro respecto de estar prohibida la dación de hábitos en todas las Ordenes de cuya reducción se trata; de manera que en el día no entran de ninguna edad en ellas; y así el Público está experimentando en esta parte el beneficio por entero.

            En aquellas Ordenes en que aún no se ha extendido la providencia, y sobre que haga instancia formal el Procurador general del Reino, puede en Consejo en los expedientes separados que se formen, como va expresado, y lo pedirá en su vista el Fiscal, extender la misma prohibición por las idénticas causas; y con eso se logra desde luego el principal objeto, sin perder de vista el de la edad ni retraer a los Superiores Regulares de concurrir al Plan de reducciones y supresiones  en que proceder por lo común de buena fe bajo la autoridad del Consejo.

            Faltan en el expediente, por lo que mira a la edad, los diferentes Edictos promulgados por varios Príncipes Católicos, a excepción del de Baviera de 2 de noviembre de 1769; y como en Portugal, Módena, Milán, Venecia, Nápoles, Francia y aun en las Electorados Eclesiásticos se han  publicado otros de esta misma clase, sería muy del caso, y muy necesario se pidiesen tales Edictos, u en las inmediatas para que envíen ejemplares y noticia de lo que ha pasado y pasa, así en pun to a la fijación de edad, como en lo tocante a reducción de individuos y supresión de Conventos indotados, y el método en que se ejecuta cada cosa; porque todo ello formaliza e ilumina con solidez el expediente y autoriza la providencia que el Consejo consulte; tanto más que en la misma Consulta de 26 de diciembre de 1769 se funda el Consejo en estos dignos ejemplos de otros Príncipes Católicos, de los cuales conviene por lo mismo tener plena instrucción para radicarse en lo más útil, y hacer demostrable a la Nación y a las mismas Ordenes Regulares la autoridad y ejercicio de la protección Real con que se procede bajo el saludable fin de mejorar la observancia monástica, y dotar los Claustros de Religiosos ejemplares con verdadera vocación.

            Creen también los Fiscales ser del caso justificar el examen y providencia de que se trata sobre fijación de edad con los ejemplares prácticos de los recursos y Breves de Secularización que cotidianamente se solicitan por muchos Regulares, y constan en el Consejo; poniéndose certificación de ello y de los tocantes a nulidad de profesión, por lo que pueden influir estas justificaciones a la prorrogación de mayor edad para tomar el hábito, excusándose en dichas certificaciones lo que no conduzca precisamente a estos puntos; y tratándose con la debida reserva todo lo que pudiera causarles algún descrédito, por no ser justo que con este motivo se ponga en desconfianza a las Ordenes Religiosas, creyendo tal vez que se les va a sindicar de intentos, ni que les resulte de ello el menor descrédito; por no ser infrecuente que muchos por veleidad abandonen su profesión sin que esto tenga trascendencia a la verdadera observancia del Instituto.

            Evacuadas estas diligencias, se hallarán los fiscales en estado, ayudados de su estudio, de proponer lo demás que convenga en un asunto que requiere toda la circunspección del Consejo para venir en cada cosa con la separación propuesta a una deliberación fundada y conveniente a la religión y al Estado, sin que pueda alegarse falta  de instrucción en los hechos.

            Es lo que por ahora entienden los Fiscales sobre cada uno de los diferentes puntos referidos con la debida distinción, para que el Consejo se sirva acordarlo así, o como estimase por más justo.

            Madrid, y diciembre de 1772.

*Selección y transcripción de Enrique Giménez López, 2017, bajo licencia Creative Commons “Reconocimiento – No comercial”. El autor permite copiar, reproducir, distribuir, comunicar públicamente la obra, y generar obras derivadas siempre y cuando se cite y reconozca al autor original. No se permite utilizar la obra con fines comerciales.

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CARLOS III. RESISTENCIA DE LOS MISIONEROS JESUITAS EN EL ORIENTE PRÓXIMO A LA EXTINCIÓN. 1777

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El embajador de España en Roma, José Nicolás de Azara, informa al Secretario de Estado, conde de Floridablanca, de que los jesuitas que se encontraban de misioneros en la ciudad siria de Alepo y en Constantinopla proclamaban que la Compañía había sido rehabilitada, y que ello respondía a un plan “de no darse por extinguidos, y de resucitar triunfantes, según sus pretendidas profecías, resistiendo para ello a todas las potestades que se les opongan”

(España. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte A. G. S. Estado legajo 5.021)

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1777 4 24 AZARA A FLOR

Exmo. Sr.

Muy Sr. mío: aunque en mi carta precedente supuse a V. E. que hablaría al Papa al día siguiente acerca de la Causa del Venerable Palafox, no lo pude ejecutar como pensaba, porque Su Santidad me dio muy poco tiempo para  ello, habiendo sido anunciado poco después que yo entré en la Audiencia el Secretario de memoriales, con quien aquella mañana parece que  tenía despacho largo; me pareció no deber tocar este negocio de prisa, así lo suspendí para mejor ocasión que no dejara de presentárseme presto. En falta de este negocio habré de ceñirme a avisar a V. E. algunas pocas especies que por aquí ocurren de la insolencia jesuítica, porque confirman más y más la rebelión y el sistema sedicioso de estas gentes.

Ha llegado aquí un Fraile francisco de la Misión de Alepo con el Arzobispo de Jerusalén, que vienen Diputados para quejarse  de los Jesuitas Misioneros que hay allí, los cuales pervierten aquellos fieles unidos a las Capuchinos a quienes han traído a su partido. Dejo aparte los errores que enseñan, como se puede ver en la adjunta copia de carta, porque eso toca a la Iglesia corregirlos; y hablo solo de lo que cuentan dichos Diputados que han hecho, y hacen aquellos Jesuitas perteneciente a su Instituto. Dicen, pues, que publican que su Religión nunca ha sido, ni podido ser extinguida, que en Roma ha sido rehabilitada y restablecida en el mismo ser y esplendor que antes del Papa Ganganelli; para engañar mejor aquellas gentes hicieron un día una función muy grande en casa del Cónsul de Francia, pasando desde allí, como en triunfo a la Iglesia para celebrar la resurrección de la Compañía acompañados a todo esto de los Capuchinos, y de todos los francos y naturales del País que han podido ganar a su partido. El referido Arzobispo, y el fraile que venían aquí a quejarse altamente, cuando han visto como estaba este terreno se han amedrentado, y no se atreven cuasi a hablar, porque la misma Congregación de Propaganda, en quien fundaban su principal apoyo, la han hallado dominada enteramente de Jesuitas.

El General Boxador ha tenido carta de sus frailes de Constantinopla en que le avisan de cómo los Jesuitas Misioneros de aquella Capital se quieren sostener en el mismo pie en que estaban antes de su extinción, pues con prepotencia han querido enterrar en su Iglesia un francés difunto a pesar de la reclamación del Dominico Cura de la única Parroquia de aquel Arrabal de Gálata, defendiendo que ellos deben gozar de los mismos derechos que gozaban antes de su extinción. Esto en un sentido podría ser verdad, pero no como ellos lo quieren dar a entender; pues V. E. se acordará, de que poco después de la extinción se trató con la Francia del modo de suplir a las Misiones del Oriente en donde había Jesuitas, y que como no era posible suplir operarios por lo pronto, se convino en que los Jesuitas continuasen en dichas Misiones como simples Misioneros seculares, sin formar cuerpo de Religión, hasta que se hiciese un reglamento nuevo. Este se ha hecho ya por el Cardenal de Bernis, pero por varios retardos no está aún aprobado, ni ejecutado. En esta inteligencia pueden lo Jesuitas de Gálata decir con razón que deben ser mantenidos en su Misión, como antes de ser suprimidos, pero no deben pretender sin ser refractarios, el gozar de los privilegios que gozaba el Cuerpo de su Religión, como es enterrar muertos en perjuicio de la Parroquialidad.

Justándose esas especies a las demás que sabemos del espíritu que anima a estas Gentes por todas las demás partes del Mundo no puede menos de concluirse el proyecto que siguen, de no darse por extinguidos, y de resucitar triunfantes, según sus pretendidas profecías, resistiendo para ello a todas las potestades que se les opongan. Su esperanza se acredita con la demanda que ha hecho la Corte de Portugal al Papa por medio de aquel Nuncio, de que los pocos Jesuitas que aquí han quedado puedan rezar el oficio del Corazón de Jesús, con otras gracias espirituales, todas de la devoción articular de la Compañía. Por aquí esparcen, que aquella Corte es ya toda suya; y cuentan de las demás otros favores particulares con que fomentan su crédito, y forman un partido muy grande.

Veo que el Proceso de los Reos de la Romagna lo van retardando demasiado, y no me gusta a la verdad. Ahora que ha vuelto ya el Secretario de Estado de su villegiatura procuraré por su medio, que se concluya esta dependencia, y como temo, que me la quieran embrollar, tengo prevenidas mis razones fundadas en los Documentos del Cardenal Borromeo que ya V. E. ha visto, y que con esta mira procuré adquirir desde el principio, conociendo como saben aquí desfigurar las cosas cuando quieren.

Nada más ocurre por hoy que poder avisar a V. E., a cuyas órdenes me remito con la mayor veneración, rogando a Dios le guarde muchos años.

Roma, 24 de abril de 1777.

José Nicolás de Azara a Conde de Floridablanca.

*Selección y transcripción de Enrique Giménez López, 2017, bajo licencia Creative Commons “Reconocimiento – No comercial”. El autor permite copiar, reproducir, distribuir, comunicar públicamente la obra, y generar obras derivadas siempre y cuando se cite y reconozca al autor original. No se permite utilizar la obra con fines comerciales.

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CARLOS IV. ESPERANZA DE QUE GODOY ACABE CON EL DESTIERRO DE LOS JESUITAS. 1797

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En el trigésimo aniversario de la expulsión de los jesuitas Manuel Luengo anota en su diario la esperanza de que Manuel Godoy les permita regresar a España y “sacarnos de estos revoltosos países”, y distraer la atención de los españoles muy disgustados con la guerra contra Inglaterra, iniciada en octubre de 1796, “con las pérdidas no pequeñas que se van teniendo”.

(España. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte Archivo de Loyola, Diario de Manuel Luengo, tomo XXXI)

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3 4 1797 LUENGO

3 de abril de 1797.

Aniversario del destierro de la Compañía de Jesús de los dominios del Rey de España en Europa. El día 3 del mes de abril del año de 1767 fue intimado en casi todos los Colegios de las cuatro Provincias de la Compañía de Jesús en la Península de España el Decreto Real del difunto Rey Carlos III, con el cual desterraba de sus dominios a todos los Jesuitas. Día y suceso memorable en los fastos de la Compañía de Jesús de España. Da nuevo título para ser recordado y mayor celebridad a este extrañísimo suceso su misma larguísima duración, que no es menos que de treinta años, cabales y puntualmente cumplidos en este día tres del mes de abril de este año de mil setecientos noventa y siete. Poco menos de veintidós de los treinta años corrieron reinando el mismo Monarca Carlos III, que desterró de todos sus dominios la Compañía de Jesús, y los otros ocho en el reinado presente de su hijo Carlos IV, que de un modo suficiente ratificó y perpetuó su destierro. ¿Y no bastan treinta años de un destierro ignominioso y lleno de trabajos y miserias, aun cuando el cuerpo o algunos particulares hubieran sido culpados en alguna cosa? ¿No han de conocer nuestros Soberanos algún día la verdad, las mentiras y calumnias con que engañaron al Rey difunto, y a ellos mismos? ¿Ha de ser eterna no sólo la injusta opresión del cuerpo, y la violenta privación de nuestro estado, sino también la separación de nuestra estimadísima patria, y del seno de nuestras familias?

De pocos días a esta parte llega de España un pequeño rumor de que se trata de sacarnos de estos revoltosos países, y de abrirnos la puerta de la patria. Pero no merece crédito alguno; y me voy ya inclinando a sospechar, de que con el presente gobierno del joven Godoy, Duque de la Alcudia y Príncipe de la Paz, se va entrando sobre este asunto en la pueril y ridícula política de los Abogados Roda y Moñino. Ya era cosa sabida en los reinado de éstos, y provisión o providencia de cajón, como se suele decir, que en sus desaciertos y traiciones, y en las grandes desgracias por otros títulos del Reino, al instante se hacía creer la nueva de que se pensaba en traer a España a los jesuitas, y con este arbitrio lograban consolar a la Nación, o por lo menos divertirla y apartarla de pensar en sus desgobiernos y maldades. Este principio puede tener este sordo rumor que empieza a llegar de que se trata de sacarnos de este ignominioso y fastidiosísimo destierro; y lo cierto es que la Nación, con mucha generalidad, está muy disgustada con esta impertinentísima guerra contra los ingleses, con la suma frialdad y malísimas disposiciones para hacerla, y con las pérdidas no pequeñas que se van teniendo, como se dirá más adelante, y por tanto muy necesitada de recibir algún consuelo, o por lo menos diversión con el rumor insinuado, o del modo que se pueda.

*Selección y transcripción de Enrique Giménez López, 2017, bajo licencia Creative Commons “Reconocimiento – No comercial”. El autor permite copiar, reproducir, distribuir, comunicar públicamente la obra, y generar obras derivadas siempre y cuando se cite y reconozca al autor original. No se permite utilizar la obra con fines comerciales.

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CARLOS III. MARIA TERESA DE AUSTRIA A CARLOS III SOBRE LA EXTINCIÓN DE LOS JESUITAS. 1773.

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Si bien la Emperatriz austriaca daba su conformidad a la extinción de la Compañía, expresó el reparo de que Austria no estaba dispuesta a conceder al Papa el derecho a disponer de los bienes “y del personal de la Compañía” en los territorios imperiales, una cláusula del Breve que “no admitirá jamás”. En su opinión las temporalidades de los jesuitas en el Imperio, después de extinguida la Compañía, debían pasar íntegramente a Austria, como había sucedido con las temporalidades de la Compañía en Portugal, Francia, España y Nápoles tras las respectivas expulsiones. Carlos III entendía y apoyaba la postura de María Teresa, y de inmediato cursó instrucciones a Moñino para que instara al Papa la rectificación de tales cláusulas en el sentido apuntado por la Emperatriz.

(España. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte A. M. AA. EE. Santa Sede legajo 222)

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1773 4 4 MARIA TERESA A CARLOS III

Monsieur mi hermano y primo. He recibido por medio de Mercy la carta de V. M.  de 5 de marzo. Esta respuesta vuelve por el mismo canal. V. M. me acuerda lo que en 1770 hemos declarado el Emperador y Yo a su ministro Fuentes, y al de Francia en cuan to a los Jesuitas. No habiendo ocurrido después nada que pueda haber mudado nuestros modos de pensar de aquel tiempo, no pondremos obstáculo alguno a su supresión una vez que el Santo Padre justa la halla conveniente y útil para la unión de nuestra Santa religión. Su Santidad no podía haber escogido mejor medio para comunicarnos estas intenciones que el de V. M., siendo conocida la estimación y adhesión que tengo a vuestra persona, llenándome de gozo el que pueda complacerle en una cosa que tan íntimamente le interesa. Sin querer detenerle en el asunto, debo sin embargo confiarle que Yo no podría conceder al Papa el derecho de disponer de los bienes y asignación personal de la Compañía. Nosotros jamás admitiremos esta cláusula, y creemos tener derecho de pedir que el Papa nos trate, como en esta parte se ha hecho en España y Francia, y que mude uniformemente este pasaje de la Bula, contando que serán provehídos todos los individuos que quedasen según las intenciones del Papa, de Iglesias de la Compañía. Pero para no detener la publicación de la Bula, si el Papa no tiene por conveniente mudarla según nuestros deseos, tendremos el disgusto de no poder admitir disposiciones algunas contenidas en este punto en el proyecto de la Bula, aun cuando sea publicada. Deseando evitar al Santo Padre y a nosotros mismos este disgusto, he creído deber entrar en este detalle con V. M. para que trate de remediarlo; no deseando Yo otra cosa que ser comprendida en la misma forma que se ha hecho con V. M. Nosotros entendemos no emplear nada de todos los bienes de los Jesuitas sino en el bien de Nuestra Santa Religión y del Estado. Espero que V. M. quedará contento del modo con que nos explicamos, sin dejarle en esto nada que desear. En esta confianza pido a V. M. la continuación de la amistad, y sobre todo para nuestros querido hijos de Nápoles y Toscana, y también, aunque indignos, para los de Parma a su tiempo, etc.

Siendo siempre Monsieur mi hermano. Vuestra buena hermana y prima, María Teresa,

Viena, 4 de abril de 1773.

La Emperatriz Reina a Carlos III.

*Selección y transcripción de Enrique Giménez López, 2017, bajo licencia Creative Commons “Reconocimiento – No comercial”. El autor permite copiar, reproducir, distribuir, comunicar públicamente la obra, y generar obras derivadas siempre y cuando se cite y reconozca al autor original. No se permite utilizar la obra con fines comerciales.

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CARLOS III. EL MONARCA ESPAÑOL ESCRIBE A CLEMENTE XIV PARA AGRADECERLE SU PROMESA DE ABOLIR LA COMPAÑÍA DE JESÚS. 1769.

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Carlos III responde a una carta enviada por el Papa el 30 de noviembre dando seguridades en su voluntad de proceder a la extinción de la Compañía. El monarca español agradece la próxima expedición de un motu proprio por el que Clemente XIV declaraba “por bien hecha” la expulsión de los jesuitas, y sobre todo que estuviera elaborando un plan para la absoluta supresión de los jesuitas. El monarca traslada al Papa su total confianza.

* (España. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte A. M. AA. EE. Santa Sede)

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1769 12 26 CARLOS III A CLEMENTE XIV

 

Muy Santo Padre. Me deja lleno de consuelo la venerada carta de V. Beatitud de 30 del pasado, en que se digna darme las seguridades más firmes del ánimo en que se halla de atender a las súplicas que le hemos hecho los Reyes mi Primo, mi Hijo y yo, y doy a V. Santidad las más rendidas gracias por el trabajo que personalmente ha querido tomarse en la reunión y examen de los monumentos de que se ha de valer para la expedición del motu proprio aceptado, y la formación del plan tocante a la absoluta abolición de la Compañía que V. Santidad ofrece comunicarnos. Si la paz y la concordia es el mayor bien de la Iglesia, y el que yo la deseo y solicito con las veras más íntimas, a V. Beatitud deberemos con esta abolición el restablecimiento de una felicidad que ya no se gozaba. Mi confianza en V. Santidad es tan grande que ya miro como logrado este bien dado el punto que V. Beatitud mismo me la anuncia. Viva V. Santidad asegurado de mi reconocimiento; oiga benignamente lo que D. Tomás Azpuru le signifique en mi nombre; y pidiéndole nuevamente su Apostólica Bendición para mí y toda mi familia, ruego a Dios guarde a V. Beatitud muchos años. Madrid, 26 de diciembre de 1769.

Muy humilde Hijo de V. Santidad,

El Rey.

*Selección y transcripción de Enrique Giménez López, 2017, bajo licencia Creative Commons “Reconocimiento – No comercial”. El autor permite copiar, reproducir, distribuir, comunicar públicamente la obra, y generar obras derivadas siempre y cuando se cite y reconozca al autor original. No se permite utilizar la obra con fines comerciales.

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CARLOS III. PREPARATIVOS EN FERROL PARA ESCOLTAR A LOS JESUITAS EXPULSOS DE ESPAÑA. 1767.

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En el Ferrol, al igual que en Cartagena, el escaso tiempo disponible obligó a variar las previsiones iniciales. El Secretario de Marina Arriaga ordenó el 3 de abril al Intendente de Ferrol, Hordeñana, que fuera el navío “El Oriente” el que debía escoltar el convoy, pero dicho navío no se hallaba en Galicia, sino en Cádiz, por lo que se comenzó a trabajar en la habilitación del “San Genaro”, un navío de reciente botadura y sin la tripulación completa (“sólo tenía las dos terceras partes”), y en el “San Juan Nepomuceno”, un navío de mayor antigüedad construido en las gradas de Guarnizo. En el “San Genaro” iría el comandante de la expedición, el capitán de navío Diego Argote, mientras que el otro buque iría al mando del también capitán de navío José Diaz Veañes.

* (España. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. A. G. S. Marina legajo 724)

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1767 4 7 ESTEIRO

Exmo. Sr.

Muy Sr. mío: con Real orden de 3 del corriente, que recibí ayer tarde por extraordinario, se sirve V. E. dirigirme copia de la expedida a este Comandante General Conde de Vegaflorida sobre transporte de Religiosos de la Compañía a Civitavecchia.

Inmediatamente que recibí la orden pasé a conferir sobre ella con este Comandante General con quien entre otros puntos ordinarios acordé se complete la tripulación del San Genaro, que solo tenía las dos terceras partes, y que se le apronten hasta cuatro meses de víveres, los cuales se embarcarán en el Oriente si llegare a tiempo.

Para la verificación de estos puntos quedan por mí tomadas las disposiciones necesarias, y continuaré todas las demás que exija la empresa.

Nuestro Sr. guarde a V. E. muchos años como deseo.

Esteiro, 7 de abril de 1767.

Pedro de Hordeñana a Julián de Arriaga.

*Selección y transcripción de Enrique Giménez López, 2017, bajo licencia Creative Commons “Reconocimiento – No comercial”. El autor permite copiar, reproducir, distribuir, comunicar públicamente la obra, y generar obras derivadas siempre y cuando se cite y reconozca al autor original. No se permite utilizar la obra con fines comerciales.

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CARLOS III. AZARA COMENTA EL MONITORIO DE ROMA CONTRA PARMA. 1768.

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El Agente de Preces español en Roma, José Nicolás Azara, comenta al Secretario de Estado el Monitorio publicado por Clemente XIII por el que excomulgaba al Duque de Parma, sobrino de Carlos III, y a sus ministros. En su opinión el documento pontificio pretende “atemorizar a los que han puesto la mano en las personas o bienes de los Jesuitas” y lo considera una declaración de guerra espiritual y “atentatoria a los derechos sagrados de los Príncipes”.

* (España. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. A. G. S. Estado Legajo 5.221)

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1768 2 4 AZARA A GRIM MONITORIO

Muy Sr. mío: Días hace que comuniqué a VE las sospechas que tenía fundadas en buenos avisos de que aquí pensaba dar un golpe de autoridad para probar la Religión de los Príncipes y pueblos, y su fe acerca de la Curia Romana, haciendo una declaración llamada Apostólica en que se declarasen excomulgados todos los que haciendo o cooperando hubiesen atentado contra la Inmunidad Eclesiástica; y por esta vía atemorizar a los que han puesto la mano en las personas o bienes de los Jesuitas. El miedo solo del Ministerio ha podido detener este paso, porque los Jesuitas por medio de sus fautores no han desistido un punto de hostigar al Papa para que lo hiciese. En fin, sino lo han logrado enteramente acaban un gran parte de ejecutarlo dando todo el escándalo que les dicta su fanatismo y encarnizamiento contra el Sr. Infante de Parma. Su Decreto de 16 del pasado ha dado motivo a estos Consejeros de Tinieblas para ejecutar un golpe, exacerbando el ánimo de este Príncipe decrépito y engañado contra un Soberano; y por él empezar a hacerle despreciar los derechos de todos los demás, cosa que hasta ahora no la habían podido mover. El adjunto impreso dirá a VE lo que es el edicto que el lunes amaneció fijado por todas las esquinas de Roma, habiendo hasta entonces observado un secreto poco regular en esta Corte. En él verá VE que no han omitido cláusula, expresión ni palabra de las que puedan injuriar al Sr. Infante. Empiezan por renovar la rancia pretensión de creer suyos aquellos Estados; hacen después la enumeración de todas las Órdenes, Leyes y Edictos que S. A. ha hecho para el bien de sus Estados, extractándolas con una infidelidad y malicia dignas de su espíritu vengativo, como VE mismo reconocerá, acordándose de los antecedentes de este negocio, y el Sr. D. Manuel de Roda los sabe mejor que nadie porque lo manejó todo estando aquí. Condenan y anulan todas las dichas providencias como contrarias a Cánones, Concilios y en especial a la Bula de la Cena, y concluyen declarando incursos en Censuras el Ministerio de Parma, Jueces, ejecutores, Consejeros, sus sucesores, personas inciertas, y en fin cuantos han tenido, tienen y tendrán parte en ejecutar o hacer ejecutar las Leyes de aquel Estado lesivas de esta figurada inmunidad. Descomulgan también a los Obispos, Eclesiásticos seculares y regulares, y vasallos que ejecuten y obedezcan tales Leyes del Estado; y en suma descomulgan al Sr. Infante, al Rey nuestro Señor, a VE y a cuantos han aprobado o tenido mano en las providencias de S. A. y tácitamente se inculcan en la bárbara Doctrina anticristiana de absolver a los súbditos del juramento de obediencia a sus Soberanos, pues mandarles que no obedezcan no prueba ser otra cosa.

Considere VE el alboroto que aquí habrá excita semejante declaración de guerra espiritual. Millares de personas acudieron aquella misma mañana a la Imprenta Cameral para comprar ejemplares de ella, pero había orden de no darla a nadie; por consiguiente corrían todos a leerla por las paredes donde estaba fijada.

El argumento con que han venido al Papa para precipitarlo en este paso ha sido el de hacerle ver que este Edicto de Parma comparecía únicamente como precursor, y que las demás Potencias esperaban a ver con que paciencia lo sufría Roma para hacer luego otro tanto. Por consiguiente han persuadido a Su Santidad a que manifestase su resentimiento con un golpe ruidoso. Solo a un ignorante puede persuadir semejante sofisma, pues no hay caso en los Edictos últimos de Parma que no se haya practicado y practique en muchos Reinos Católicos.  Si es la apropiación de los Beneficios a Nacionales, no hay creo otro Estado Católico, sino el de Parma, donde no se practicase el exequatur con este o con otro nombre; tampoco hay parte donde no se observe. La prohibición de recurrir a Tribunales forasteros (comprendidos los de Roma) sin permiso del Príncipe, la dictan la razón, la Justicia, y la hacen observar muchos Soberanos; y por no citar otro, la República de Génova tiene esta Ley por estatuto fundamental de su Gobierno; si es la Ley de amortización, ¿dónde no está establecida? Los Jesuitas lo saben muy bien, pues hasta el Emperador de la China los ha promulgado últimamente por causa de las adquisiciones de su Compañía, como consta en este oficio de Propaganda Fide. Roma si ha reclamado contra alguna de estas providencias, ha reclamado en balde. Los Príncipes las han hecho y hacen observar, y han mirado con desprecio las embestidas de Roma en cosas temporales. Aquí han callado porque no tenían buenas razones que oponer, y porque conocían que al paso que había menguado la ignorancia sabían los Príncipes sostener su derecho y el de sus pueblos. Después del famoso entredicho de Paulo V hace más de siglo y medio, no ha osado la Corte de Roma manejar esta arma formidable, pero peligrosa al que la empuña con más ambición que Justicia. La defensa que hicieron entonces los Venecianos llenó de miedo y de vergüenza dicho Pontífice (también en aquel caso gobernado por los Jesuitas) y enseñó para siempre a los Príncipes la manera de defenderse de un Superior espiritual sin herir ni faltar a los derechos sagrados del Sacerdocio. Después de ajustada aquella guerra proponía aquel astuto Pontífice dar las absoluciones al Gobierno para conseguir que se confesase reo, y aun añadía que para evitar el rubor, su Nuncio haría la ceremonia con la mano debajo del Roquete. Nada fue posible para persuadir a aquellos Ministros que necesitaban de perdón, estando seguros de no haber cometido delito.

Una de las circunstancias más espantosas de este negocio, es ver que el delito de Parma en este Breve injusto e infamatorio lo fundan en que ha contravenido la Bula famosa de la Cena, que se publica todos los años el Jueves Santo en San Pedro con un aparato que no se yo que nombre darle. El Consejo de Castilla que ha hecho retener esta tal Bula sabe muy bien que casta de escrito es; y si es posible que subsistiendo y observándose lo que en ella se manda pueda subsistir Orden, Gobierno, Monarquía, ni Sociedad alguna en el mundo. El mismo Papa ni sus Ministros no han observado nunca un solo artículo de los que en ella les tocan. Verdad es que quizá en esto suplirá la Teología moderna de esta Curia, pues yo he observado que el ejemplar que aquí leen todos los años es diferente del que nos han encajado en todos los Rituales de las parroquias de España, y que a pesar de la súplica y órdenes del Consejo subsiste así, y los Obispos la permiten, o la mandan publicar todos los años.

La contravención a esta Bula es, pues, el delito de las Leyes de Parma, y VE puede contar con que el sufrimiento o resistencia de nuestros Soberanos será la medida de la avilantez de esta Corte Jesuítica. Yo no entro en la controversia del valor de estas Censuras. Se, y la Religión me lo enseña, el respeto y la sumisión que debe todo fiel Cristiano a esta sentencia espiritual; pero altamente me pretexto de que esta es abusiva de la autoridad de la Iglesia, atentatoria a los derechos sagrados de los Príncipes, que Jesucristo no vino a destruir sino a confirmar; contraria a los Cánones y Concilios legítimos; y promulgada inválida e incompetentemente, pues el Primado del Papa no le da derecho sobre lo temporal de los Soberanos. Se también que las más de estas proposiciones las condena Roma porque se oponen a su espíritu de ambición, de tal modo que Sixto V condenó un libro del Cardenal Belarmino, jesuita, porque decía que el Papa era dueño solo indirectamente de todos los Imperios del Mundo, pero vendería mi conciencia, mi Religión, y la Fe que de derecho divino y humano debo a mi Rey y Señor si no defendiese la autoridad e independencia de su Jurisdicción y de los derechos que Dios le ha dado sobre sus pueblos. Hablo así no sólo en desaprobación del atentado cometido contra el Sr. Infante de Parma, cuyos derechos debo defender según las órdenes de mi Amo, sino porque este golpe más directamente va dirigido a S. M., su Ministerio y todo su Reino, por cuanto están comprendidos en las presentes figuradas Censuras; y me consta que la idea de los Jesuitas y de los Cardenales sus emisarios es de sentar la Religión de S. M., pues Boschi, Buonacorsi y Castelli han pintado al Papa su carácter como de un Príncipe tan mecánicamente religioso y adicto a la Santa Sede, que luego que oiga el nombre de excomunión, no sólo dará orden al Sr. Infante para revocar todas sus Leyes, y pedir perdón a Roma, sino que se desengañará y abrirá lo ojos para ver como VE, D. Manuel de Roda, y el P. Confesor le tienen engañado, que no dejan llegar la verdad a sus oídos, y que han sorprendido su Religión para hacerle tomar las providencias que ha tomado contra los jesuitas. Así lo dicen, no solamente al Papa y en secreto, sino públicamente. Se me olvidaba decir que el Cardenal Picolomini pasa por haber sugerido esta especie de la excomunión, y que esto le ha congraciado con el Papa y jesuitas, con quien estaba antes muy mal, y en efecto vemos que la Legación de Romagna ha sido el premio de su consejo.

Los Jesuitas no han perdido de vista un punto su sistema de hacer romper las Cortes con Roma para justificar su infernal política de hacer inseparable su destino del de la Iglesia. Han conseguido mover al Papa imbécil y gobernado por ellos; le adulan y le hacen creer cosas inauditas. Por otra parte le quitan todos los escrúpulos de que podían padecer tocante al engrandecimiento de su Casa. Ellos que se hacen ahora tan celosos de la Inmunidad Eclesiástica, y que jactan una disciplina que nunca han observado para su comodidad, ellos, digo, serán los que le habrán sosegado la conciencia para que no lo remuerda el haber comprado el Capelo de Cardenal por treinta mil escudos, que es voz común que dio a la sobrina de Clemente XII. Tampoco los Jesuitas se descuidan ahora de contribuir al engrandecimiento de los Nepotes, sabiendo cuanto hacen en esto la corte al Tío. El general acaba de regalar una joya para la esposa del Senador que dicen valdrá sesenta mil escudos.

En fin yo no tengo que añadir en este asunto del Sr. Infante. VE mejor que yo colegirá la situación de la cosa con todas sus críticas circunstancias; y sola la lectura de la adjunta Parlina dice más que cuanto yo podía expresar. No faltará a SM el Consejo que siempre le ha asistido, y su resolución decidirá una causa que aunque suena particular de Parma, es causa común de todos los Soberanos Católicos.

Por la Congregación de Inmunidad, y por la de Obispos y Regulares se ha escrito a los Obispos de Parma y a otros de otras partes. En cuyo número estarán quizá muchos de España, dándoles instrucciones para este asunto. Me dicen también que el domingo por la noche se despacharon algunos correos, pero no se cómo ni para qué.

Me repito a las órdenes de VE con la veneración que siempre, y quedo rogando a Dios le guarde muchos años.

Roma, 4 de febrero de 1768.

José Nicolás de Azara al Marqués de Grimaldi.

*Selección y transcripción de Enrique Giménez López, 2017, bajo licencia Creative Commons “Reconocimiento – No comercial”. El autor permite copiar, reproducir, distribuir, comunicar públicamente la obra, y generar obras derivadas siempre y cuando se cite y reconozca al autor original. No se permite utilizar la obra con fines comerciales.

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